Cuan oportunismo podemos llegar a albergar en nuestras almas. Cuan orgullo, que no prejuicio, nos encadena como si en la caverna que recitaba Platón nos encontrásemos. Viendo sombras. Atados de pies y manos por nuestra propia limitación y mente cuadriculada, incapaz de ver más allá de sus propios confines.
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